El viaje más difícil de mi vida empezó ayer...
Una semana antes de la fecha de partida me dio un ataque de
gastritis nerviosa, me acabé las uñas y empecé con episodios de taquicardia. Lo
más irónico de todo es que yo no iba a salir de casa; la que viajaba, e iba a estar dos meses fuera de casa, era mi hija adolescente.
Si, ya sé. Hay que “dejar ir a los hijos”,
“educarlos con libertad”, “darles alas” (y el resto de las patrañas que dictan los
manuales de paternidad bajo la advertencia de que el incumplimiento condena a
nuestros hijos a pasar buena parte de su adultez sobre el diván de un
psicoanalista).
Pero, por más liberal que pretendas ser como padre, en el
momento en que “dejarlos volar alto” implica, literalmente, que vayan solos al otro lado del mundo, el instinto de sobreprotección entra en automático y comprendes el
significado de la frase sentimientos
encontrados: Pasas del orgullo a la
histeria a la melancolía en cuestión de segundos.
“Es como la segunda parte de la depresión
posparto, me dice un amigo que comparte conmigo la dudosa dicha de ser
padre de adolescentes, sientes que están cortando el cordón umbilical otra vez.”
Dentro de todos los conocimientos que les
pretendemos transmitir a nuestros hijos el enseñarlos a viajar y a vivir solos es, quizá, uno
de los más útiles e importantes. Es un rito de
maduración necesario e inescapable. En algunas culturas el inicio de la adultez
se marca cuando el joven caza a su primer hipopótamo, en el mundo occidental se
da cuando el joven recibe en sus propias manos su pase de abordar.
Ahora, este rito esperado con ansia por los
adolescentes puede ser un calvario para sus padres. Semanas antes de que mi
hija partiera mi subconsciente empezó a hacer un listado de todo lo que podría
salir mal. Desde lo más intrínsecamente maternal, asuntos que las madres han temido desde la prehistoria ¿Y si se pierde? ¿Y si le da frío? ¿Y si no lleva suficiente shampoo? (como si la estuviera mandando al desierto del Gobi)... hasta los miedos modernos, ¿Y el alcohol? ¿Y las drogas?
Le repetí una y otra vez las mismas
instrucciones y consejos; le pregunté hasta el cansancio si no tenía alguna
duda adicional, si todo le había quedado claro, si sabía que hacer en caso de emergencia, en caso de no emergencia, si llevaba todo en la maleta, si sabía como marcar el teléfono… Me imagino que en algún momento
su cerebro se bloqueó y sólo movía la cabeza por educación o para evitarse la
vergüenza de tener una madre que cayera en estado de incoherencia.
Llegó el día de la partida. Al aeropuerto
con papá y mamá; me acordé del día que la llevamos por primera vez al kínder. Documentó ella sola su equipaje y
caminamos juntos hasta el letrero que anunciaba, o mejor dicho amenazaba, “a partir de este punto sólo se permite la
entrada de pasajeros documentados”. Nos abrazó sonriendo, cruzó por el filtro de seguridad erguida y emocionada
con sus documentos en la mano (“que no pierda la visa…todo menos la visa”,
rezaba yo). Nunca volteó para atrás.
Yo salí del aeropuerto limpiándome las
lágrimas con la manga de la camisa.

creo que estoy identificandome! nada mas que yo si voltee un poco.
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